Un rostro silenciado desaparece
dentro de los huesos destrozados
por las heridas aparentes
de esperpentos anómalos.
Silencio sentido en el alma
situada detrás de las flores
habitadas en un espacio
de encabalgamientos
flambeados en sangre.
La guillotina sibilina retira
el telón vestido de morado
y dibuja mediante su verso
la ley del Fénix de los Ingenios.
Damas vuelan sin estar
encorsetadas en pentasílabos
y en la preceptiva poética
dominada por los oros
del siglo imponente,
viendo la luz Fuenteovejuna,
y sus versos entrelazados
en drama de la historia.
El pueblo es la raíz
de los encabalgamientos
flambeados en sangre
y los versos sin contar
sílabas a pesar de que
el soneto aún no ha sido despreciado
por el hada verde.
A pesar de que la preceptiva poética,
aún no ha sido despreciada
por la madrileña con pinta de cordobesa.
Un verso tetrasílabo no pertenece
a la preceptiva clásica y yo sigo
escribiendo lo que mi cerebro
escucha a lo lejos y en la sombra.
Solo los eruditos logran pintar
el edificio diseñado en lágrimas.
Solo los eruditos consiguen
impregnar su emoción
en una estrofa clásica.
Y ese rostro silenciado rompe
su máscara de Polichinela para enterrarla
en arena de cementerio,
porque toda persona,
diseñando un Balenciaga
con pespuntes suaves
realiza literatura en verso.
Y ese rostro silenciado no
se arrepiente de este texto,
pues el amor permanece
en sus senos dañados
por el fuego consagrado.
Dos versos tetrasílabos
y yo no me considero una erudita
por haber estudiado Filología Hispánica.
Yo solo me considero quién soy:
una mujer hablando sobre las huellas
horadadas vividas por otras personas
y por mí a sabiendas de la pérdida.
Perdí antes de dar el primer paso
estaba fuera de juego y salté
flambeando una bala sin sentido.
No había ni una victoria aproximada.
Era una extranjera, dejando unas sentencias que ya había perdido
y había gastado saliva sin sentido.
No había ni un abrazo aproximado.
Era una extranjera, metiéndome
en la boca del águila imperial.
Portazo en la cara y la vieja sin
dientes dieron lugar a la rabia
desmedida de una hada
herida por la crítica sibilina.
Portazo en la cara y la vieja sin
dientes escribiendo poemas
malvados para reírse y cerrar bocas.
¿Qué bocas pretendía cerrar si ya había
perdido la batalla antes de empezar a andar hacia el sendero de la verdad?
Seguirán habiendo portazos en la cara,
pero yo sabré que el juego no se inicia
si la dama madrileña no desea el
encabalgamiento flambeado en sangre.
Seguirán habiendo portazos en la cara,
pero vosotros podréis leer este humilde
poema.
El ventrículo derecho se abre
y en él seguirá habitando
los encabalgamientos
flambeados en sangre de hoy y de mañana.
La historia se volverá a repetir
y yo os abrazaré desde lejos,
mientras leen este texto desnudo.
Y su olor ya está cosido en mí.
Jessica Delgado Pulgarín