A Federico García Lorca,
por ser uno de mis ángeles de la guarda
en un habitáculo impregnado
en incienso del pecado.
La ilegalidad estaba presente
hasta en la pestaña
del cuadro ahorcado.
Se creía la cabra delgada
que no iba a ver golosinas
ni en el infierno,
pero alguien escribió
que las cabras no son cuerdas
y juegan en terrenos pantanosos.
Juegan a morir
y a quitarse la lana
del cuerpo,
puesto que al volar
por el acantilado
sentirán el frenesí del viento.
Muchas cabras han jugado
con píldoras de colores
y han muerto.
No será la cabra delgada
la que no recuerde,
que la muerte está
a dos calles de la droga.
Y la famélica no será
partícipe de colgar su estampa
en muerte por una sobredosis.
Jessica Delgado
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