sea un silbato estropeado,
me temo que las farolas siempre iluminarán el camino de los griegos.
No hace falta viajar hasta Noruega
para saber que las cabras serán
un rezo continuo para su estela
con collares de honoris causa.
No tengo los collares en el cuello
pues se encuentran en la espalda,
donde ulteriores cuchillos
llevaron a mi alma
a la despensa
de la rabia.
¿Diálogo? ¿Dónde estás?
Te has perdido el capítulo
de los flagelos azotando
el cabello del Guadalquivir.
¿Diálogo? ¿Dónde estás?
Ya no caben sus palabras
en el acento de mis entrañas.
El platonismo ha caducado
en el lecho de mi almohada
al preguntarme:
«¿Si un caballo llamado Guadiana
escribiera sus promesas
en un papiro de escarcha?»
Serían tallos cosidos
por el finlandés de Tasmania.
No creo en los términos que
no conviven en cada latido
al despertar por las mañanas
con las sábanas
llenas de leche de cabra.
Guadiana,
aunque a veces ya no crea
en su palabra miraré desde mi posición
aquel animal salvaje que trota
en cada flor y en cada pétalo
sus sintagmas transparentes.
Guadiana,
¿dónde desapareces?
Pienso que está en su mausoleo,
saltando con su santo de madera
y haciendo de Celestina para
aquellos que abrieron
una llaga en su pecho.
Guadiana,
¿cuál es su paradero?
La fe ya se ha desvanecido,
pues a veces solo los mares
presentan en sus versos
las verdades colosales.
Colofón,
escribo hasta pronto,
pues las tumbas son olvidadas,
cuando ya no hay epitafio.
Vuela alto,
que una servidora seguirá siendo una luz que guía el honor desangelado.
Jessica Delgado Pulgarín
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