en los cuervos rosas de ese fantasma de sirenas
y aún no vibra en el poder femenino
de las divas empedradas de primavera
en un paseo de hilos.
Y, ¿qué más?
Las divas somos
los soldados sonrientes,
sintientes y en silencio.
Y, ¿qué más?
Atisbo desde el horizonte amurallado
a ese fular abierto en alegría y en amor
cuya palabra es la brisa del arrullo
que me acompaña de la mano
y me abraza y me escucha
y no introduce en mi sentido auditivo
una llama distorsionada
con versos y palabras ordinarias
y no están vomitando mantis
en mi segundo lunar lleno de asombro.
Y, ¿qué más?
El término miedo no es una silla
de las teclas no halladas en mis senos
y deseo fervorosamente,
pues hay ojos bárbaros
y son reales a pesar de no ser eternos.
Y, ¿qué más?
No, no seré esa llama encendida,
pues me apago en la verdad
y la verdad es esa diva
denominada hermana,
pues observo robles formados
en una alforja de mi alma,
y habitan en mi pensamiento día y [noche
como una hermana mayor
y la diva se llama:
«hombre de la historia y mansedumbre
en un hálito de verdad sin versos
mezclados en dos luces de amigos [eternos».
Jessica Delgado Pulgarín
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