Crucé el estanque con mi mirada
situada en el búho que ardía
por la dulce sabia de Alejandría,
que convertía sombra en alborada.
La Luz se hizo perpetua en el hada
sin la luna cobarde amanecía,
deshojando plumas del alma mía.
Vivaldi acariciaba la herida.
La melodía temblaba ardiente.
El deseo era el culpable astuto
del olor de tigresa en la simiente.
No esperaba el soldado cantante
trotar el dulce sabor del aspecto
del vuelo de una tigresa caliente.
Jessica Delgado
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