Al borde del suicidio
está el número doce más uno.
Si le restas uno,
se convierte en el color
que habita la tierra.
Si le sumas uno,
se crea un soneto
en el firmamento amante.
Al borde del suicidio
está la flor sin alas
situada en el tejado
del Museo Rojo.
Madrid, si le restas tres,
sale la perfección de la
que hablan los flamencos.
La perfección, aunque sea
el número diez, es inexistente.
Todo vuelve a ser del revés en un instante.
Ronda del Sur, si le sumas diecisiete
se alcanza la década
ardiente.
Doce, número mágico,
detrás de la rabia;
todo se vive
a doscientos kilómetros por hora.
Doce, número deseado,
no abandone a la sirena
desnuda en el barrio LLTS.
Oda al número doce,
nada de lo que sale de mis hilos
es motivo sin temblor
en mi diástole auricular.
Tiembla esa parte del corazón,
donde se halla aquella voz callada,
que estalla
por el océano del número doce.
Doce cuerdas seguirán en mi alma
a pesar de que produzcan
El Crack del 29 en mi estómago.
Mariposas y estómagos
estarán en la pizza barbacoa
hasta que no me quepa
más admiración
en sus ojos de plata.
Moribundos,
sin tu verdor.
Jessica Delgado
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