Un rayo violeta se adentra
en el árbol para dar luz
a la verdad soñada.
Verdad velada por un manto,
que no sabe a paz ni a gloria.
Vuelvo a versar lo que no beso
ni quiero imaginar, porque la paz,
el bien, el amor, la alegría, la mano
cruceña no duelen.
El verde es de color sueño.
El sueño que eleva a la voz callada
a un lugar, en el que es feliz: Madrid.
Todo el dolor es de color caricia a distancia.
Distancia que no crea bondad a la par, sino rabia disparada por un anzuelo sin blanco.
Vuelvo a versar lo que no observo.
El amor no se trata de dolor,
sino de levantar todos los sentidos
al unísono como cuando mamá patito es
acompañada por los polluelos en un duelo
de pasión descarnada.
¿Complejo de Edipo?
Vuelvo a versar lo que me quema. Esto no es amor. El verde no abrasa la vena aorta. El color sueño acaricia la esencia voladora de un ave con pretensiones inocentes, puesto que todos estamos destinados a vivir situaciones carentes de verdad y ardientes en dolor.
¿Drama Queen?
Versar es la única manera que tengo de arañar al universo aquello que mi mirada no puede callar.
¿Torito bravo?
Renace en Sierra Nevada; comiendo los ojos, que jamás debió admirar.
¿Voz callada?
¿Oca a la espera?
¿Tigresa con colmillos desgastados?
¿Mariposa sin alas?
¿Cachorro sin su mamá?
¿Rabia boxeadora?
Golpes salen de mi boca, arañazos de mi estómago. Una uña con pinta celestinesca se clava en el ojo de Sempronio: servus fallax. Todos los falsos criados es lo que merecen: doscientas uñas en sus ojos de plata.
Es rabia. Si ha probado cicuta con rebujito, lo siente en su sien.
Jessica Delgado
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