fueron el aleteo constante
de una llama con nombre de músculo.
El masetero resquebrajó la simiente
de la mariposa en cuatro
campanas tocadas al unísono,
aunque la lluvia no sucedió.
Fue sencillo oír el aullido de la gata,
cuando el orbicular hizo
su función prohibida.
Fue imposible ver la leche
de la corola,
flotar en unas sábanas blancas.
Todo se sostuvo en un crepúsculo
lleno de secretos y carente
de olor a santidad.
Sucedió la cara escondida
de la moneda,
cuando el placer se hizo oro en mí.
Jessica Delgado
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