La piedra diminuta
y ancha como el
horizonte inerte no
supo lamer la simiente.
Él se creía que había
tocado la melodía del placer,
mas su nogal lleno de hojas secas
no supo acariciar
la nuez de mi alma.
El alfiler no pintó
el corazón sin ríos,
sino que le llevó a un estado
de enajenación mental,
del que mi mamá
fue consciente.
Mariposa cegada,
en la boca del asno pequé,
a un toro sin rabo acaricié,
a una luna sin alma le
enseñé la luz de mis entrañas.
¿Cómo pudo la oscuridad
alumbrar mi cuerpo encadenado?
¿Cómo pude acometer por la espalda
a Las Salinas de Uyuni?
¿Cómo pude arruinar la sangre de mi vida?
La balanza, La Princesa de Corazones
el hada azulada y el escorpión
volvieron a equilibrar mi
cerebro de mosquito.
Valiente cobarde fui
no supe creer en quien
me hacía vivir.
Casi quemé mis alas,
pero ellas me salvaron,
para huir de la minillave de Becelbú.
Jessica Delgado
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