y se enciende la luna en sus
ojos de mar.
Sus olas salen a cazar ciervos,
cuando las palomas
no chapotean detrás de las ventanas.
Se dispone a alzar su galantería
y a saborear la semilla rosada
de aquella dama,
que fue una de sus conquistas.
A oscuras y en secreto
surge esa caricia que
ha esperado durante tantos
insomnios y momentos
de calor prohibido a la espera
de un «cabello de serrana,
seré yo su guillotina».
Cortes a hurtadillas,
aves e insectos se juntaron
en la noche destemplada del pecado.
Surge el tsunami dentro de su corazón,
y es que el búho y la noche son sinónimos
de hacer el amor siendo la caricia y la cicuta
envuelta en chocolate blanco.
Surge ese pensamiento dentro de la mariposa,
con la esencia de Ludovico y con una promesa
en la manga superior
del bolsillo izquierdo
del alma.
Cabra lopista,
ciervo lorquiano,
admiración entre rejas,
deseo de fechorías silenciadas
por el arma de la palabra.
Cabra lopista
cumple la promesa de Graná y
cumple la promesa de «todos a una»
y este texto será la sal de la noche
y el azúcar de las mañanas.
Vuelve a salir la luna llena y
se ha cumplido mi palabra
no seré yo quien muera de día,
pues moriré en la estrella callada del alma.
Silencio.
Su nombre ya no está.
Alegría.
Ya la caricia se ha vuelto óxido.
Ave contemplativa,
está en el tenue deseo de las llamas.
Ya no está en el río,
sino en el lago de mi mirada.
Es un pensamiento nocturno
y no un deseo enquistado en fuego.
Ya no está en el río,
sino en el lago de mi mirada.
Jessica Delgado
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