martes, 21 de marzo de 2023

Dos años caben en siete cruces

Dos años caben en siete cruces
que se han plantado en mis senos.

Una mirada azul es la hacedora
de la espada y una mirada negra
es la que soporta los kilogramos 
de ignorancia a las espaldas.

Dos años caben en siete cruces
que han crecido en mi alma.

La mariposa ya no espera la
luz de los vidrios plasmada
en su semilla rosada.

¿Qué sentido tiene que «el río»
sea afluente del «Lago Titicaca»?

¿Qué sentido tiene que la luz
del sol en invierno se pose
en los labios ardientes de una dama?

¿Qué sentido tiene que «una puerta cerrada»
se vuelva a abrir a la luz de la promiscuidad?

¿Qué sentido tiene que cruce siete veces
una espada en mi costado izquierdo y que 
la octava vuelva con su prepotencia
como trofeo de una nueva matrícula de honor?

Se piensa Petrus Gonsalvus
que todavía el deseo es llama.

La llama ha desaparecido y 
se ha convertido en el
poder femenino
de una tigresa que hará
defecar a todo el universo,
que esté cargando misiles
en su aura verde y naranja.

Se piensa el bien peinado
que me duelen sus asedios.

Hace mucho tiempo que su condición de ave contemplativa no hace temblar a mis alas.

Hace muchos meses que enterré de por vida
esa sensación de intoxicación permitida.

Escribí hace más de un año «te lo prometo, mamá» bajo mi pseudónimo. Y esto me lleva a rememorar que ya hace siglos que no siento a ese señor de «cuyo nombre no quiero acordarme» y que ha elevado al igual que ha pisoteado mi pluma. Un ser humano que no me quiero cruzar ni en un Picasso, pero al que no guardo rencor. El Señor Eco me enseñó a ser la mejor versión de mi misma a pesar de que fuese el peor día de la historia del alba.

Dos años caben en siete cruces
que han abrillando el empoderamiento 
de mi conciencia de la mano de la sabiduría
calcada en mis ojos de gata.

Dos años caben en siete cruces
que han enaltecido mi palabra.

Jessica Delgado






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