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Entre flores y carpetas
vio la luz un niño en Rota.
Las flores acariciaron sus rizos,
sabiendo que había nacido una estrella.
Los recibos abrazaban esa cara
que lleva el arte entre las venas.
Volaban los papeles por las calles sin cesar,
buscando una puerta que brillará
con una sonrisa en la mirada
y sin tristeza en el alma.
Entre flores y carpetas
creció un muchacho en Rota.
Anduvo por las calles de su ciudad,
viendo a los pequeños jugar a las canicas,
pero él quería cantar en un corrillo
a sus familiares y amigos
con su guitarra y su trompeta
y sentir que la vida era una margarita,
que jamás iba a deshojar.
Caminando entre jazmines
supo que iba a alcanzar
el corazón sin sueños.
Entre flores y carpetas
llegó a la Luna un joven de Rota.
Paseo por El Palmar
y por otros lugares,
donde sentía la piel de su público.
El joven alzaba su alegría por el aire.
Y su voz es ese pellizco que
hace vibrar la piel de los leones.
Nadie es indiferente,
cuando su cuerpo brilla en el escenario.
Los cuerpos se deshacen ante su alegría
y se crea un momento de magia,
que se clava en el corazón y
el público se rinde cuando
la verdad se hace realidad
en sus cuerdas vocales.
Y el joven se acerca a los pequeños,
para que ellos sigan creyendo en los sueños.
Y él es el arte que originó los aplausos,
que un día sintió en su alma,
pero pudo ver en un teatro
de la capital de España.
Es imposible no rendirse
ante la verdad y la sonrisa
de un artista que cautiva
al firmamento en llamas.
Se sintió fuego cuando su cuerpo
se acercó al público y anudo
un hilo que se escuchó
en todos los corazones del espacio.
Y acunó con su arte a las personas,
sabiendo que la emoción
formaba parte de esa caricia,
que lleva por nombre su voz.
Antoñito Molina
no pude gritar
aquel día en el Apolo
que el oro brilla menos
que tu arte dando a luz en un instante.
Jessica Delgado Pulgarín
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