Asimismo, leo cada vez más, sobre todo, poesía y ensayos sobre psicología. Actualmente, me ha dado por leer sobre el funcionamiento del cerebro y la conexión con el bien llamado «segundo cerebro». Y vuelvo a leer, subrayo, dibujo y anoto los significados de algunas palabras en los márgenes —desconozco todas las palabras del castellano, aunque sea filóloga—.
Y lo que más suelo valorar de una obra es haber buscado palabras en el diccionario. Esto para mí quiere decir que se trata de un diamante.
A pesar de todo esto, me sigo sorprendiendo cuando veo al público callado o llorando tras haber leído uno de mis textos. Y entonces se trata de que mi sensibilidad es mi verdadero don. Sin ello, no podría escribir poesía.
Estoy sintiendo, como decía Borges, que incluso los acontecimientos más putrefactos sirven para ser diseñados como un texto.
En ocasiones, no sé cómo se producen las palabras en mí y salen despavoridas. Luego, leo y a veces reescribo. La preceptiva no es mi amiga. Solo he escrito dos sonetos. Sí, solo dos y están presentes en mi primera obra sin seguir los versos canónicos. La métrica se queda en mis clases.
Aún así, me sigo sorprendiendo… Me sorprende saber que mis palabras han sido un refugio para una sola persona.
Por eso, me emociono cuando alguien habla de mis obras, sobre todo, de la segunda #pelo, porque se ve mi esencia por todos los recovecos.
En cuanto a la primera #metamorfoseándome, siento una ternura y un amor brutal, ya que sé que ahí, ahí se hallan nombres que están en mi corazón: «El Equipo Plus». Y todavía sigo vibrando cuando recito «La Malagueta»… Hasta me lo sé de memoria… No, no tengo remedio.
Sé que desde «El Mirador de San Nicolás» ha habido camino. Reconozco, poniéndome en perspectiva y desde mi papelito guardado en mi habitación —titulitis—, que el asunto artístico se ha transformado aún más.
Sí, soy poeta y no lo he podido desterrar.
Jessica Delgado Pulgarín
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