de agua helada y en un invierno
velado y sin sonrisas,
deslumbrando a noveles heridas.
El reino del sur está teñido de fuego.
El interés atisbado es beber de las
hermosas flores llamadas biznagas,
pues yo soy una amapola verde
grabada sobre el nombre honestidad.
El reino del sur está teñido de fuego.
La integridad está pintada sobre una
familia y es cierta la oración:
«amar es la losa cosida en mi alma
y en el verdor de la noche vislumbro
el Malecón de Cádiz mecido
por un filólogo de enorme prestigio
y sus versos ya están tallados en mí».
El reino del sur está teñido de fuego.
Sólo espero estar a la altura
de su músculo de sangre gongorino
y, en ocasiones, encuentro el cuchillo
como su bandera de la república
independiente de su círculo
habitado en su vientre.
El reino del sur está teñido de fuego.
Tengo en cuenta sus sabios estambres,
pues como filóloga siento su dirección
y sólo puedo hablar en castellano:
mi bandera y mi idioma almidonado
y sentir una brisa fría y destemplada
si miro sus ojos mortales de angustia.
El reino del sur está teñido de fuego.
Jessica Delgado Pulgarín
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